La agricultura tradicional, origen y sustento de nuestra civilización, se mantuvo durante
siglos gracias a la transmisión intergeneracional de saberes ancestrales de
incalculable valor.
Con la llegada de la llamada Revolución Verde y la posterior industrialización de la
producción agraria, se experimentó en un primer momento un incremento notable de la
productividad. Sin embargo, a largo plazo, este modelo generó una fuerte dependencia
del productor respecto a los insumos agroindustriales, una degradación progresiva
de la fertilidad del suelo —derivando en rendimientos decrecientes—, la acumulación
de tóxicos en la cadena alimentaria y la pérdida de minerales esenciales por el
deterioro del suelo, con el consiguiente impacto en el medio y en la humanidad. Todo ello
produjo la destrucción de una cultura profundamente ligada a la tierra, visible en
cómo las nuevas generaciones y las personas alejadas del medio rural se han
desvinculado del origen de los alimentos, mientras que las variedades tradicionales
y sus semillas han sido relegadas por modelos agrícolas dependientes de agroquímicos
de síntesis.
En este contexto, el surgimiento de la Agroecología representa la unión del
conocimiento científico con las tecnologías agrarias bajo criterios ecológicos,
validando —e incluso mejorando en muchos casos— los saberes ancestrales que fueron
desplazados en favor de una agricultura y ganadería guiadas únicamente por criterios
superficiales de eficiencia.
Hoy, en plena era tecnológica, se hace imprescindible recuperar y poner en valor los
conocimientos tradicionales que durante siglos garantizaron la sostenibilidad de los
sistemas agrarios.
Por todo ello, desde Pankara abogamos por la recuperación de variedades tradicionales.
Estas fueron seleccionadas por las personas que las cultivaron a lo largo de la historia y
se adaptaron, de este modo, a los cambios que pudieron surgir, como las variaciones en
las condiciones climáticas. Todo ello converge con la investigación en técnicas
agroecológicas, tanto aquellas rescatadas de saberes antiguos como las desarrolladas a
partir de conocimientos científicos actuales, siempre bajo criterios de sostenibilidad.
Todo esto requiere una difusión consciente, pues la agricultura no existe ni existirá,
sin las personas, ni las personas sin la agricultura. De ahí la necesidad de inspirar a
las nuevas generaciones a través de los huertos escolares y de reconectar con los
practicantes tradicionales, muchas veces portadores de estos saberes sin ser
plenamente conscientes de su valor.
Un lugar idóneo para este encuentro son los huertos urbanos y las huertas escolares,
espacios donde confluyen personas de diversa procedencia y edades diversas y
que, con frecuencia, muestran una gran receptividad hacia las prácticas
agroecológicas.